ROBERTO BOLAÑO - AMULETO (FRAGMENTO)

 
 
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Ésta será una historia de terror. Será una historia policíaca, un relato de serie negra y de terror. Pero no lo parecerá. No lo parecerá porque soy yo la que lo cuenta. Soy yo la que habla y por eso no lo parecerá. Pero en el fondo es la historia de un crimen atroz.
Yo soy la amiga de todos los mexicanos. Podría decir: soy la madre de la poesía mexicana, pero mejor no lo digo. Yo conozco a todos los poetas y todos los poetas me conocen a mí. Así que podría decirlo. Podría decir: soy la madre y corre un céfiro de la chingada desde hace siglos, pero mejor no lo digo. Podría decir, por ejemplo: yo conocí a Arturito Belano cuando él tenía diecisiete años y era un niño tímido que escribía obras de teatro y poesía y no sabía beber, pero sería de algún modo una redundancia y a mí me enseñaron (con un látigo me enseñaron, con una vara de fierro) que las redundancias sobran y que sólo debe bastar con el argumento.
Lo que sí puedo decir es mi nombre.
Me llamo Auxilio Lacouture y soy uruguaya, de Montevideo, aunque cuando los caldos se me suben a la cabeza, los caldos de la extrañeza, digo que soy charrúa, que viene a ser lo mismo aunque no es lo mismo, y que confunde a los mexicanos y por ende a los latinoamericanos.
Pero lo que importa es que un día llegué a México sin saber muy bien por qué, ni a qué, ni cómo, ni cuándo.
Yo llegué a México Distrito Federal en el año 1967 o tal vez en el año 1965 o 1962. Yo ya no me acuerdo ni de las fechas ni de los peregrinajes, lo único que sé es que llegué a México y ya no me volví a marchar. A ver, que haga un poco de memoria. Estiremos el tiempo como la piel de una mujer desvanecida en el quirófano de un cirujano plástico. Veamos. Yo llegué a México cuando aún estaba vivo León Felipe, qué coloso, qué fuerza de la naturaleza, y León Felipe murió en 1968. Yo llegué a México cuando aún vivía Pedro Garfias, qué gran hombre, qué melancólico era, y don Pedro murió en 1967, o sea que yo tuve que llegar antes de 1967. Pongamos pues que llegué a México en 1965.
Definitivamente, yo creo que llegué en 1965 (pero puede que me equivoque, una casi siempre se equivoca) y frecuenté a esos españoles universales, diariamente, hora tras hora, con la pasión de una poetisa y la devoción irrestricta de una enfermera inglesa y de una hermana menor que se desvela por sus hermanos mayores, errabundos como yo, aunque la naturaleza de su éxodo era bien diferente de la mía, a mí nadie me había echado de Montevideo, simplemente un día decidí partir y me fui a Buenos Aires y de Buenos Aires, al cabo de unos meses, tal vez un año, decidí seguir viajando porque ya entonces sabía que mi destino era México, y sabía que León Felipe vivía en México y no estaba muy segura de si don Pedro Garfias también vivía aquí, pero yo creo que en el fondo lo columbraba. Tal vez fue la locura la que me impulsó a viajar. Puede que fuera la locura. Yo decía que había sido la cultura. Claro que la cultura a veces es la locura, o comprende la locura. Tal vez fue el desamor el que me impulsó a viajar. Tal vez fue un amor excesivo y desbordante. Tal vez fue la locura.
Lo único cierto es que llegué a México en 1965 y me planté en casa de León Felipe y en casa de Pedro Garfias y les dije aquí estoy para lo que gusten mandar. Y les debí de caer simpática, porque antipática no soy, aunque a veces soy pesada, pero antipática nunca. Y lo primero que hice fue coger una escoba y ponerme a barrer el suelo de sus casas y luego a limpiar las ventanas y cada vez que podía les pedía dinero y les hacía la compra. Y ellos me decían con ese tono español tan peculiar, esa musiquilla rispida que no los abandonó nunca, como si encircularan las zetas y las ces y como si dejaran a las eses más huérfanas y libidinosas que nunca, Auxilio, me decían, deja ya de trasegar por el piso, Auxilio, deja esos papeles tranquilos, mujer, que el polvo siempre se ha avenido con la literatura. Y yo me los quedaba mirando y pensaba cuánta razón tienen, el polvo siempre, y la literatura siempre, y como yo entonces era una buscadora de matices me imaginaba unas situaciones portentosas y tristes, me imaginaba los libros quietos en las estanterías y me imaginaba el polvo del mundo que iba entrando en las bibliotecas, lentamente, perseverantemente, imparable, y entonces comprendía que los libros eran presa fácil del polvo (lo comprendía pero me negaba a aceptarlo), veía torbellinos de polvo, nubes de polvo que se materializaban en una pampa que existía en el fondo de mi memoria, y las nubes avanzaban hasta llegar al DF, las nubes de mi pampa particular que era la pampa de todos aunque muchos se negaban a verla, y entonces todo quedaba cubierto por la polvareda, los libros que había leído y los libros que pensaba leer, y ahí ya no había nada que hacer, por más que usara la escoba y el trapo el polvo no se iba a marchar jamás, porque ese polvo era parte consustancial de los libros y allí, a su manera, vivían o remedaban algo parecido a la vida.
Eso era lo que veía. Eso era lo que veía en medio de un escalofrío que sólo yo sentía. Luego abría los ojos y aparecía el cielo de México. Estoy en México, pensaba, cuando aún la cola del escalofrío no se había marchado. Estoy aquí, pensaba. Entonces me olvidaba ipso facto del polvo. Veía el cielo a través de una ventana. Veía las paredes por donde la luz del DF se deslizaba. Veía a los poetas españoles y sus libros relucientes. Y yo les decía: don Pedro, León (¡mira qué raro, al más viejo y venerable lo tuteaba; el más joven, sin embargo, como que me intimidaba y no podía quitarle el tratamiento de usted!), déjenme a mí ocuparme de esto, ustedes a lo suyo, sigan escribiendo tranquilos y hagan de cuenta que soy la mujer invisible. Y ellos se reían. O mejor dicho, León Felipe se reía, aunque una no sabía muy bien, si he de ser sincera, si se estaba riendo o carraspeando o blasfemando, ese hombre era como un volcán, y don Pedro Garfias, en cambio, te miraba y luego desviaba la mirada (una mirada tan triste) y la posaba, no sé, digamos que en un florero o en una estantería llena de libros (una mirada tan melancólica), y entonces yo pensaba: qué tiene ese florero o los lomos de los libros en donde su vista se detiene, para concitar tanta tristeza. Y a veces me ponía a reflexionar, cuando él ya no estaba en la habitación o cuando no me miraba, yo me ponía a reflexionar e incluso me ponía a mirar el florero en cuestión o los libros antes señalados y llegaba a la conclusión (conclusión que por otra parte no tardaba en desechar) de que allí, en esos objetos aparentemente tan inofensivos, se ocultaba el infierno o una de sus puertas secretas.
Y a veces don Pedro me sorprendía mirando su florero o los lomos de sus libros y me preguntaba qué miras, Auxilio, y yo entonces decía ¿eh?, ¿qué?, y más bien me hacía la tonta o la soñadora, pero otras veces le preguntaba cosas como al margen de la cuestión, pero cosas que bien pensadas pues resultaban relevantes: le decía don Pedro, ¿este florero desde cuándo lo tiene?, ¿se lo regaló alguien?, ¿tiene algún valor especial para usted? Y él se me quedaba mirando sin saber qué contestar. O decía: sólo es un florero. O: no tiene ningún significado especial. ¿Y entonces por qué razón lo mira como si ahí se ocultara una de las puertas del infierno?, hubiera debido replicarle yo. Pero yo no replicaba. Yo sólo decía: ajá, ajá, que era una expresión que no sé quién me había pegado por aquellos meses, los primeros que pasé en México. Pero mi cabeza seguía funcionando por más ajás que mis labios articulasen. Y una vez, esto lo recuerdo y me da risa, en que estaba sola en el estudio de Pedrito Garfias, me puse a mirar el florero que él miraba con tanta tristeza, y pensé: tal vez lo mira así porque no tiene flores, casi nunca tiene flores, y me acerqué al florero y lo observé desde distintos ángulos, y entonces (estaba cada vez más cerca, aunque mi forma de aproximarme, mi forma de desplazarme hacia el objeto observado era como si trazara una espiral) pensé: voy a meter la mano por la boca negra del florero. Eso pensé. Y vi cómo mi mano se despegaba de mi cuerpo, se alzaba, planeaba sobre la boca negra del florero, se aproximaba a los bordes esmaltados, y justo entonces una vocecita en mi interior me dijo: che, Auxilio, qué haces, loca, y eso fue lo que me salvó, creo, porque en el acto mi brazo se detuvo y mi mano quedó colgando, en una posición como de bailarina muerta, a pocos centímetros de esa boca del infierno, y a partir de ese momento no sé qué fue lo que me pasó aunque sí sé lo que no me pasó y me pudo haber pasado.
Una corre peligros. Esa es la pura verdad. Una corre riesgos y es juguete del destino hasta en los sitios más inverosímiles.
La vez del florero yo me puse a llorar. O mejor dicho: se me saltaron las lágrimas sin darme cuenta y tuve que sentarme en un sillón, en el único sillón que don Pedro tenía en aquella habitación, porque si no me siento me hubiera desmayado. Al menos, puedo asegurar que en determinado momento se me nubló la vista y se me aflojaron las piernas. Y cuando ya estuve sentada, me entraron unos temblores muy fuertes que parecía que me fuera a dar un ataque. Y lo peor era que mi única preocupación en ese momento consistía en que Pedrito Garfias no entrara y me viera en ese estado tan lamentable. Al mismo tiempo no dejaba de pensar en el florero, al que evitaba mirar aunque sabía (tonta de remate no soy) que estaba allí, en la habitación, de pie sobre una repisa en donde había también un sapo de plata, un sapo cuya piel parecía haber absorbido toda la locura de la luna mexicana. Y luego, aún temblando, me levanté y me volví a acercar, yo creo que con la sana intención de coger el florero y estrellarlo contra el suelo, contra las baldosas verdes del suelo, y esta vez no me aproximé al objeto de mi terror en espiral sino en línea recta, una línea recta vacilante, sí, pero línea recta al fin y al cabo. Y cuando estuve a medio metro del florero me detuve otra vez y me dije: si no el infierno, allí hay pesadillas, allí está todo lo que la gente ha perdido, todo lo que causa dolor y lo que más vale olvidar.
Y entonces pensé: ¿Pedrito Garfias sabe lo que se esconde en el interior de su florero? ¿Saben los poetas lo que se agazapa en la boca sin fondo de sus floreros? ¿Y si lo saben por qué no los destrozan, por qué no asumen ellos mismos esta responsabilidad?
Aquel día no supe pensar en otra cosa. Me fui más temprano de lo usual y me dediqué a pasear por el Bosque de Chapultepec. Un lugar bonito y sedante. Pero por más que caminaba y admiraba lo que veía no podía dejar de pensar en el florero y en el estudio de Pedrito Garfias y en sus libros y en su mirada tan triste que a veces se posaba sobre las cosas más inofensivas y otras veces sobre las cosas más peligrosas. Y así, mientras ante mis ojos veía los muros del Palacio de Maximiliano y Carlota, o veía los árboles del bosque multiplicados en la superficie del lago de Chapultepec, en mi imaginación sólo veía a un poeta español que miraba un florero con una tristeza que parecía abarcarlo todo. Y eso me daba rabia. O mejor dicho: al principio me daba rabia. Me preguntaba a mí misma por qué razón él no hacía nada al respecto: Por qué el poeta se quedaba mirando el florero en vez de dar dos pasos (dos o tres pasos que resultarían tan elegantes con sus pantalones de lino crudo) y agarrar el florero con ambas manos y estrellarlo contra el suelo. Pero luego se me iba la rabia y me ponía a reflexionar mientras la brisa del Bosque de Chapultepec (del pintoresco Chapultepec, como escribió Manuel Gutiérrez Nájera) me acariciaba la punta de la nariz hasta que caía en la cuenta de que probablemente Pedrito Garfias ya había roto muchos floreros, muchos objetos misteriosos a lo largo de su vida, ¡innumerables floreros!, ¡y en dos continentes!, así que quién era yo para reprocharle, aunque sólo fuera mentalmente, la pasividad que mostraba ante el que tenía en su estudio.
Y ya puesta en esa tesitura, incluso buscaba más de una razón que justificara la permanencia del florero, y efectivamente se me ocurría más de una, pero para qué enumerarlas, qué inutilidad enumerarlas. Lo único cierto era que el florero estaba allí, aunque también podía estar en una ventana abierta de Montevideo o sobre el escritorio de mi padre, que murió hace tanto tiempo que ya casi lo he olvidado, en la antigua casa de mi padre, el doctor Lacouture, una casa y un escritorio sobre los que caen ya mismo los pilares del olvido.
Así que lo único cierto es que yo frecuentaba la casa de León Felipe y la casa de Pedro Garfias y que los ayudaba en lo que podía, quitándoles el polvo a los libros y barriendo el suelo, por ejemplo, y que cuando ellos protestaban yo les decía déjenme tranquila, ustedes escriban y déjenme a mí ocuparme de la intendencia, y que entonces León Felipe se reía y don Pedro no se reía, Pedrito Garfias, qué melancólico, él no se reía, él me miraba con sus ojos como de lago al atardecer, esos lagos que están en medio del monte y que nadie visita, esos lagos tristísimos y apacibles, tan apacibles que no parecen de este mundo, y decía no te molestes, Auxilio, o gracias, Auxilio, y no decía nada más. Qué hombre más divino. Qué hombre más íntegro. Se quedaba de pie, inmóvil, y me daba las gracias. Eso era todo y con eso a mí me bastaba. Porque yo me conformo con poco. Eso salta a la vista. León Felipe me decía bonita, me decía eres una chica impagable, Auxilio, y trataba de ayudarme con unos cuantos pesos, pero yo generalmente cuando él me ofrecía dinero ponía el grito en el cielo (literalmente), yo esto lo hago por gusto, León Felipe, le decía, yo esto lo hago asaeteada por la admiración. Y León Felipe se quedaba un ratito pensando en mi adjetivo y yo entonces volvía a poner sobre su mesa el dinero que me había dado y seguía con mi trabajo. Yo cantaba. Yo cuando trabajaba cantaba y no me importaba que el trabajo fuera gratis o pagado. De hecho, creo que prefería que el trabajo fuera gratis (aunque no voy a ser tan hipócrita como para decir que no era feliz cuando me pagaban). Pero con ellos prefería que fuera gratis. Con ellos yo hubiera pagado de mi propio bolsillo para moverme entre sus libros y entre sus papeles con total libertad. Y lo que solía recibir (y aceptar) eran regalos. León Felipe me regalaba figuritas mexicanas de barro que yo no sé de dónde las sacaba porque en su casa tampoco es que tuviera muchas. Yo creo que las compraba especialmente para mí. Qué tristeza de figuritas. Eran tan bonitas. Chiquititas y bonitas. Allí no se escondía la puerta del infierno ni del cielo, sólo eran figuritas que hacían los indios y que luego vendían a los intermediarios que iban a Oaxaca a comprarlas y que éstos revendían, mucho más caras, en los mercados o en puestos callejeros del DF. Don Pedro Garfias, en cambio, me regalaba libros, libros de filosofía. Ahora mismo recuerdo uno de José Gaos, que intenté leer pero que no me gustó. José Gaos también era español y también murió en México. Pobre José Gaos, tendría que haberme esforzado más. ¿Cuándo murió Gaos? Creo que en 1968, como León Felipe, o no, en 1969, y entonces hasta es posible que muriera de tristeza. Pedrito Garfias murió en 1967, en Monterrey. León Felipe murió en 1968. Las figuritas que León Felipe me regaló las fui perdiendo una detrás de otra. Ahora deben de estar en estanterías de casas sólidas o de cuartos de azotea de la colonia Nápoles o de la colonia Roma o de la colonia Hipódromo-Condesa. Las que no se rompieron. Las que se rompieron deben de ser parte del polvo del DF. Los libros de Pedro Garfias también los perdí. Los de filosofía, los primeros, y los de poesía, fatalmente, también.
A veces me da por pensar que tanto mis libros como mis figuritas de alguna manera me acompañan.
¿Pero cómo me pueden acompañar?, me pregunto. ¿Flotan a mí alrededor? ¿Flotan sobre mi cabeza? ¿Los libros y las figuritas que fui perdiendo se han convertido en el aire del DF? ¿Se han convertido en la ceniza que recorre esta ciudad de norte a sur y de este a oeste? Puede ser. La noche oscura del alma avanza por las calles del DF barriéndolo todo. Ya apenas se escuchan canciones, aquí, en donde antes todo era una canción. La nube de polvo lo pulveriza todo. Primero a los poetas, luego los amores, y luego, cuando parece que está saciada y que se pierde, la nube vuelve y se instala en lo más alto de tu ciudad o de tu mente y te dice con gestos misteriosos que no piensa moverse.

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